Ya hacía tiempo, había oído que en el Palau de les Arts algo olía a chamusquina, que había algo que no iba bien, pues varias personas que conozco y trabajan allí, se habían quejado de la falta de organización del trabajo, del trato vejatorio a los empleados y el despilfarro sin límite por parte de los dirigentes del Palau del dinero, sacado de los impuestos de los ciudadanos de toda la Comunidad Autónoma.
A mi nada me hacía sospechar, salvo esas quejas en momentos distendidos, que realmente en el Palau algo no iba bien, pues nada salía a la luz. Pero cual es mi sorpresa cuando de repente, en el plazo de dos días, saltan a la opinión pública dos noticias de gran relevancia, ya que demuestran que algo se cuece dentro del coliseo de la Alameda y que los empleados están más que artos de la situación que reina allí.